miércoles, 14 de marzo de 2012

Fotógrafo argentino de AP relata cómo escapó de Siria bajo fuego

The Associated Press

Rodrigo Abd curbriendo las eleciones presidenciales del El Salavdor .  © Juan Carlos

 

Parecía buen momento para escapar de Siria.

Las explosiones iluminaban la noche mientras corríamos con la esperanza de salir del país luego de pasar casi tres semanas cubriendo un conflicto que el gobierno parece determinado a impedir que el mundo vea.

El fuego de los tanques estremecía las calles de la ciudad detrás de nosotros, las balas de los francotiradores pasaban silbando cerca de nuestras cabezas y los rebeldes que nos escoltaban casi habían agotado sus municiones.

Mientras las fuerzas del régimen cercaban la ciudad norteña de Idlib, hasta entonces bajo control de los insurgentes, el videoperiodista de Associated Press Ahmed Bahaddou y yo nos preparamos para partir el domingo hacia la vecina Turquía en una jornada que nos llevaría por un pasaje obscuro como boca de lobo y kilómetros de enmarañados bosques de olivo en un clima gélido.

Hallamos obstáculos y peligros a cada paso que dábamos, desde combates entre combatientes rebeldes y fuerzas gubernamentales hasta el extravío de nuestro guía.

Coordinamos nuestro escape con el Ejército Libre de Siria, la fuerza insurgente que luchaba para mantener el control de Idlib, pero la situación se deterioraba rápidamente. Los francotiradores, el fuego de artillería y las explosiones se acercaban más y más.

"Nos van a matar a todos", me dijo un aterrado activista sirio que estalló en lágrimas. Un combatiente rebelde dijo que las tropas del gobierno sin duda capturarían la ciudad, porque los insurgentes se estaban quedando sin municiones.

Un comandante de los sublevados dijo que comprendería si sus combatientes deseaban huir y ponerse a salvo.

"El que quiera irse y ya no luchar, deje aquí su kalashnikov", dijo. Nadie lo hizo.

La semana pasada, las tropas habían rodeado Idlib y los tanques comenzaron a cañonear la ciudad desde que amanecía hasta el anochecer. Los rebeldes salían corriendo a las calles, cubriéndose en las esquinas de los edificios mientras combatían a las tropas.

Los heridos eran subidos en camiones que los llevaban a donde fuera que pudieran ser atendidos. Vi a un hombre cargar a un muchacho, con la chaqueta ensangrentada. Supe después que el muchacho estaba muerto.

El martes, justo un día antes de que lográramos salir, el ejército sirio recapturó Idlib, un duro golpe para los insurgentes.

El régimen afirma que lucha contra terroristas extranjeros y pandilleros armados, y niega que el levantamiento que comenzó hace un año sea una revuelta popular, pero lo que vimos en Idlib no era nada de lo que el gobierno ha descrito.

Los pobladores apoyaban el levantamiento. Todas las familias parecían tener un combatiente en las calles o conocían a alguien que había tomado las armas.

Los rebeldes del Ejército Libre de Siria eran sirios, de Idlib. No vimos extranjeros luchando.
El desafío más grande de los rebeldes no era su fervor para luchar. Todos parecían dispuestos a morir en los combates para derrocar al presidente Bashar Assad. Estaban armados con poco más que granadas propulsadas por cohetes, fusiles kalashnikov y granadas de mano.

La interpelación de los opositores en los últimos días ha sido para solicitar armas. Contar con misiles antitanque y otras armas pesadas podría definir un punto de inflexión en el conflicto.
Sin embargo, mientras llegaban las fuerzas armadas del gobierno la semana pasada, lo único en que podíamos pensar era en Baba Amr, el barrio de la ciudad de Homs que resistió casi cuatro semanas de cañoneo del ejército sirio.

Cientos de personas murieron en el asedio, y la situación humanitaria era catastrófica. Entre los muertos se encontraban dos periodistas: Marie Colvin, una veterana corresponsal de guerra nacida en Estados Unidos que trabajaba para el Sunday Times de Gran Bretaña; y Remi Ochlik, de 28 años, un reportero gráfico francés. Ambos murieron cuando una carga de artillería cayó cerca de ellos.
Se intuía que Idlib podría ser el siguiente objetivo del régimen luego de haber recapturado Baba Amr. Mientras los rebeldes se reunían en las esquinas, las familias empacaban unas cuantas posesiones y se apresuraban a dejar la ciudad. Mujeres y niños se escondían en los sótanos para escapar del fuego.
"Claro que tengo miedo", gritó una mujer siria en uno de los refugios donde se ocultaba el sábado una decena de mujeres y niños. "Hasta los hombres tienen miedo".

Para el sábado, muchas personas habían huido de Idlib para buscar refugio en poblados cercanos. No hubo electricidad en casi todo el día. Hubo servicio durante unas tres horas, en lo que probablemente fue un intento del gobierno para desalojar a la población.

Todos se estaban preparando para un ataque, lo que complicó nuestro escape. Decidimos pasar la noche entre los heridos en Idlib, atrasando nuestra partida, porque estábamos demasiado asustados para movernos. Mientras recorríamos en auto las calles oscuras, el conductor apagó las luces para que nadie pudiera vernos, aunque eso significara que nosotros tampoco podíamos ver nada.

El estruendoso "¡bum!, ¡bum!" de los disparos de los tanques era implacable.

Cuando despertamos la mañana siguiente, el saldo de la violencia que libramos era evidente: personas heridas, incluso mujeres y niños, que se abarrotaban alrededor con las ropas ensangrentadas. Muchos habían sido baleados por francotiradores en piernas y brazos. Algunos tenían heridas abiertas causadas por esquirlas y murieron en sus camas.

No había espacio en la morgue para más cadáveres, así que las familias dispusieron el entierro inmediato de los muertos. Los funerales quedaban fuera de discusión por el peligro de estar en el exterior.

Al caer la noche, decidimos abandonar la ciudad. La idea era correr por una zona despejada vigilada por francotiradores y tanques, pero nuestros guías sugirieron atravesarla por debajo, por un pasadizo.
Tuvimos que llegar a él caminando, llevados por un combatiente del Ejército Libre de Siria que nos mantuvo esperando por media hora mientras se libraban batallas en las calles. Nos movimos con cuidado por una ciudad privada de cualquier sonido normal -sin bocinazos de los autos y sin gente en las calles-, sólo un silencio interrumpido por explosiones y balazos.

El corredor era estrecho y tan oscuro que no podíamos ver nuestras manos puestas frente a la cara. Agachados para poder entrar, avanzamos unos 40 metros (130 pies) hasta que llegamos al otro extremo, el cual misericordiosamente estaba fuera del cordón militar del régimen.
Sólo hasta que salimos nos percatamos de que nuestro escolta llevaba granadas caseras en su chaleco, explosivos inestables que fácilmente nos podían haber despedazado mientras estábamos en el pasillo.
El siguiente tramo de nuestra jornada nos llevó hasta una ciénaga enorme y profunda. No había manera de cruzar a pie o en auto, pero nuestro contacto del lado turco de la frontera había dispuesto el medio perfecto para transportarnos: un tractor de color rojo.

Nos subimos a él y avanzamos por el lodazal durante media hora antes de cruzar una frontera sin marcar y sin vigilancia. Nadie nos detuvo ni notó nuestra presencia.

Reportar desde Siria fue arriesgado, pero era la única manera de cubrir la historia apropiadamente sin estar a merced de representantes del gobierno que sólo tratarían de controlar lo que uno ve y con quién se reúne.
A lo largo del último año, Siria ha restringido enormemente el número de visas que emite a periodistas, y quienes las obtienen deben viajar acompañados por escoltas del gobierno.
El sábado, el Ministerio de Información sirio emitió una advertencia que decía que periodistas como Ahmed y yo, quienes entramos en el país de manera ilegal, "están acompañando a terroristas, promoviendo sus delitos e inventando noticias infundadas".

La declaración de la dependencia aludía a las muertes de Colvin y Ochlik, y afirmaba que las empresas periodísticas son "responsables legal y moralmente de lo que pudiera pasarle a estos periodistas al acompañar a terroristas".

Sin embargo, para Ahmed y para mí, el viaje fue una oportunidad de presentar un descripción franca de un conflicto que en gran medida sigue velado para el mundo.

NOTA DEL EDITOR: Los condecorados periodistas Rodrigo Abd y Ahmed Bahaddou entraron en Siria y pasaron casi tres semanas reportando desde territorio controlado por la oposición. Abd, fotógrafo de The Associated Press, trabaja regularmente en Guatemala. Bahaddou es un videoperiodista bajo asignación para la AP, con sede regular en Turquía.

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